
«Por sus obras les conoceréis ... », esta lacónica frase lo mismo puede aplicarse al archiconocido gorrión común que al nocturno murciélago, y es que el derecho a una vivienda digna es algo que tienen muy claro todos los animales y especialmente aquellos que viven en la ciudad. Ningún espécimen anda descarriado, sin techo ni cubil, porque si esto ocurre es que algo falla para toda la especie.
La casa en los animales es una combinación intuitiva de arte y biología. Construir es algo que cada individuo aprende en su experiencia, pero también algo que viene ya impreso en su mapa genético como ser único e irrepetible, perteneciente a una especie igualmente exclusiva.
De todos los aspectos que nos acercan a las intimidades de los seres que nos rodean y que estamos descubriendo en la ciudad, seguramente la observación serena de las construcciones de sus nidos, guaridas o simplemente habitaciones con derecho a sueño, nos va a dar más luz sobre lo complejos que son los mecanismos etológicos en los que reposa cada especie.
En este capítulo del ecosistema ciudadano, veremos como son las casas de los siguientes animales.



Aunque en España viven 27 especies diferentes de murciélagos, tan sólo cuatro son capaces de soportar la gran ciudad para vivir. De estas, el Murciélago común (Pipistrellus pipistrellus) es el que podemos considerar más ciudadano.
Su murcielaguera puede estar situada debajo de una ventana o como en mi casa, en el tambor de la persiana de mi habitación, así que desde ahora atentos ya que una murcielaguera podría estar bajo su ventana o sobre su persiana ya que a estos mamíferos les atraen las grietas que en los alféizares les son idóneas para llevar su vida con tranquilidad lejos de la mirada humana.
El murciélago común es la especie más pequeña de quiróptero que sobrevuela los cielos europeos. Podemos verlo en cualquier ciudad española, siempre atendiendo a la llamada de la vida, a espaldas de la urbe y de los hombres.
Este murcielaguillo que tanto alegra nuestras noches de primavera y verano sobre todo, no sólo posee una de las alas más envidiadas de la aeronáutica animal, sino también extremidades prensiles con las que puede arrastrarse si es necesario.

Cualquier rendija o grieta en un edificio inaccesible es un paraíso de alto standing para este mago de la evolución. En las entrañas serenas de nuestros muros, los murciélagos comunes se reproducen e hibernan. Es justo en ese período de varios meses cuando más los echamos de menos.
Sabemos que sus noches han de ser caldeadas por el importante sol diurno de la primavera o el verano, pero también es verdad que algunos días de invierno muy soleados sirven para que el murciélago despierte de su sueño y salga a estirarse en el ocaso de la ciudad.
Si tenemos la oportunidad de observados en silencio nos daremos cuenta sobre todo de lo pequeñitos que son. Su cuerpo no mide más de cinco centímetros y su peso supera por muy poco los ocho gramos. Aun así, esta maquinaria vivaracha de pequeño corazón y costumbres noctámbulas es muy longeva.

Se ha estudiado su actividad, y de estas investigaciones se desprende la certificación de que los murciélagos comunes se cuidan mucho. Por cada hora de vuelo descansan media, por eso es por lo que los vemos tan poco -sin contar su nocturnidad-. Por eso, la longevidad de estos animalillos de nuestras noches es superior a la de otros micromamíferos de metabolismo acelerado, como musarañas y ratones, con los que están emparentados. Un murciélago común puede llegar a vivir 8 años sin ningún tipo de problema de salud.
Son además una joya de la tierra y tienen derecho al respeto de sus poblaciones a pesar de que su aspecto resulte demasiado feo a los que ven la naturaleza con ojos simplistas.
No transmiten la rabia selvática ni van mordiendo a nadie por las calles. Sólo quieren vivir su vida en los rasguños de la ciudad, darle a nuestras viviendas el privilegio de sentirlos cerca protegiendo nuestras noches de insectos nocivos -en una sola noche un pipistrello, como lo llaman en Italia, consume entre 500 y 700 mosquitos de ésos que nos hacen la vida imposible en las noches de verano.
La presencia de todas las especies de murciélagos, está protegida por la ley en todo el territorio nacional. Sólo falta ahora poner en práctica medidas urgentes de conservación para aquellas especies que han elegido a la ciudad como lugar para sobrevivir.



El capítulo no acerca por un momento a una zoología extranjera, en un parque zoológico, para seguir estudiando las cualidades constructoras de las Grajillas (Corvus monedula), unos córvidos que son muy comunes en España, que en el zoo y en primavera imparten su cátedra de simbiosis en colaboración con los más grandes y peludos animales que podamos imaginar.
Cuando en nuestras ciudades el termómetro se encarama, sin bajar ni un grado, por encima de los 30, muchos animales cautivos del parque zoológico pertenecientes a otro hábitat comienzan a cambiar de ropaje. Algunos, como los dromedarios, los bisontes o los camellos, presentan un aspecto lamentable, pues las pelambres que comienzan a mudar aún permanecen en sus lomos pero con más ganas de caer al suelo que de seguirle calentando la sangre al mamífero.

Este proceso de muda coincide curiosamente con el momento de la construcción del nido de las grajillas, y es entonces cuando las podemos observar más interesadas en compartir recinto con bóvidos y demás grandullones.
Muchas personas creen descubrir en las grajillas una acción de pillaje de alimento cuando, sin saberlo, en realidad están contemplando una sesión de belleza rápida. Los mamíferos foráneos, hartos de su propia pelambrera se dejan «querer» por los córvidos y estiran sus cuellos o encorvan sus lomos con el fin de facilitar la acción a las peluqueras hacendosas que a veces se congregan en grupos de más de siete individuos sobre un solo cuadrúpedo.

El pico de estas aves es a la vez tijera y bolsa. Sin hacer daño a su cliente, van haciendo una selección de aquellos pelos que están a punto de caerse acumulándolos en su cavidad bucal, que se dilata especialmente para la ocasión.
Una vez que todo esto ha ocurrido -y podemos en los meses de abril y mayo contemplarlo más de cuarenta veces en un solo día-, las grajillas con su nuca cenicienta y su mirada afilada, se alejarán hasta sus nidos, que han ganado mucho con esta innovadora moda de forrado con pelajes exóticos. El tronco hueco de un árbol es ahora más acogedor, tapizado con las pelambres de los grandes mamíferos que habitan un parque zoológico, donde reposarán los huevos y más tarde los vocingleros polluelos.



El archiconocido Gorrión común (Passer domesticus) tiene la ciudad siempre a su alcance. Hace y deshace con total descaro su imperio particular, sacando partido perfecto de nuestra desordenada y anárquica especie.
Este ciudadano pardo y bondadoso es el rey del asfalto y el hormigón, y aprovecha cualquier escusa para montar su pisito en las entrañas de nuestras ciudades. Le vale todo, desde el lugar donde construir su voluminoso nido hasta los materiales para su construcción.

Con respecto a esto último, recuerdo que la última vez que analicé un nido de gorrión común ya vacío, y por tanto cuando no ponía en peligro la vida de la apacible familia que lo había habitado, descubrí las conclusiones tan interesantes que se desprenden de estos estudios naturalísticos en la ciudad. No olvidaré que entre las ramitas y otros elementos naturales con los que la pareja había hecho el nido aparecía cabello humano en abundancia.
La cantidad era suficiente para entender que el lugar donde se instalaron los gorriones de mi experimento estaba cerca de un establecimiento en el que el cabello humano pudiera ser recogido por estas aves para hacer su nido. Todo acabó cuadrando perfectamente con esta hipótesis cuando después de desmenuzar poco a poco el nido y de analizar su composición, apareció un pedazo de plástico fino y alargado, perteneciente a un cepillo de barrer.

Era evidente; nuestros gorriones habían anidado a la puerta de una peluquería, y el cabello junto a los restos del cepillo me dieron la pista una vez más para entender perfectamente hasta qué punto nuestros pasos no son sólo «cosa de humanos», pues de la actividad laboral de un grupo de peluqueros dependió el período fundamental de la construcción del nido toda una familia de gorriones comunes.
De igual modo y utilizando la misma y antigua técnica de la observación y el análisis de los restos de la vida de los animales, llegamos a la conclusión que merece sin duda mayores indagaciones: que las casas de los gorriones comunes pertenecientes al mundo rural -y no al urbano- están fundamentalmente edificadas con materiales naturales, biodegradables como gramíneas, lana de oveja o incluso los tejidos manufacturados artesanalmente por los habitantes de nuestros pueblos. En la ciudad los gorriones construyen con plásticos y productos desechados. A veces, estando cerca de instalaciones hospitalarias, el uso que los gorriones pueden hacer de gasas y material de desecho contaminado, puede llegar a ser un peligro de dispersión de ciertos agentes patógenos.

Sabemos también que en la ciudad estas aves hacen su nido mucho más voluminoso que en el campo; es como si no quisieran, bajo una fiebre compulsiva, desaprovechar todos los elementos artificiales que gratuitamente ponemos a su disposición diseminados por la calle.
En algunas barriadas las salidas de humo y gases de los calentadores o campanas de cocinas son para nuestro omnipresente gorrión como esas urbanizaciones a buen precio que nos ofrecen todo tipo de lujos. En ellas se instalan con ilusión los gorriones a pesar de entorpecer así la vida cotidiana de las casas españolas que necesitan de esas salidas.

Para construir están los dos individuos de la pareja. Pico a pico, vuelo a vuelo, van y vienen con todo tipo de elementos que den consistencia al nido en el que la prole tendrá que estar a gusto y segura. Son nidos casi siempre antiguos que la pareja retoca cada año, dotándolo de detalles que hacen de cada construcción un ejemplo de personalista decoración.
A veces cuando una pareja de gorriones cree que el lugar es excelente para vivir no lo cambia por nada del mundo y permanece durante lustros en esa localización. Eso le pasa también a toda una comunidad, pues aunque esta especie mantiene el individualismo reproductor, se congrega en grupos de varias parejas que conviven en un sector de la ciudad aunque cada uno en su casa.

El caso más documentado al respecto, sobre la tradicional presencia y nidificación de estas aves en un lugar concreto lo encontramos en la plaza de Oriente de Madrid y más concretamente en la grupa de una estatua ecuestre de valor incalculable dedicada a Felipe IV.
Es única en el mundo esta pieza de bronce, obra del italiano Pietro Tacca y realizada en 1640 por encargo del duque de Toscana. No sólo por su belleza evidente, sino por el equilibrio entre jinete y caballo alcanzado por primera vez en el mundo en una escultura tan grande y de una sola pieza, alarde artístico a la par que técnico resuelto nada más y nada menos que por el misrnísimo Galileo.

Los gorriones de alto rango deben saber todo esto y por eso nidifican hasta hoy mismo entre las ingles de don Felipe, la cola de su corcel y el bocado del mismo. Lo curioso es que esto que puede hacemos pensar que es una constatación del presente parece ser una fijación en los gorriones castizos del centro de la capital. Al ser desmontada la estatua en 1844 para trasladarla desde el Retiro, donde se instaló en un principio, hasta su emplazamiento actual, el interior hueco del caballo apareció repleto de cientos de esqueletos de gorriones que habían entrado por la boca para nidificar y luego no habían podido salir.
El dato nos sirve para comprender lo fieles que son estas aves, a pesar de caer en una trampa mortal, a sus costumbres nidificatorias en la geografía urbana.



Para la familia de los halcones la vivienda no es algo que les ande ocupando mucho tiempo llegada la hora de la procreación. Nos referimos claramente, más que a su habilidad como constructores, a su elección del lugar donde sentirse más protegidos: sus nidos casi siempre suelen ser el propio suelo.
El Cernícalo primilla (Falco naumanni), es un halconcillo especialista en cooperativas, donde cría sin individualismos. Los huevos depositados por la hembra -que son incubados también por los machos-, pueden llegar a ser seis y son depositados directamente en el suelo, con tal de que éste quede a salvo de la lluvia y el viento que son malos meteoros para las aves en cría.

Ocupan gallardamente los resquicios más inaccesibles de nuestras edificaciones, haciéndolas también suyas y revalorizando sus muros con su peculiar silueta cazadora y aguda. Podemos encontrar a estas rapaces en monumentos como la Giralda de Sevilla o el Monasterio de Guadalupe en Cáceres y también en ruinas históricas como las del Palacio Arzobispal en Alcalá de Henares (Madrid) o la iglesia de Perales del Río en Getafe (Madrid), donde los primillas asientan la segunda colonia más numerosa de España con más de ochenta parejas.
El macho es de coloración viva mientras que la hembra se asemeja a los ladrillos entre los que siempre anda cuando siembra la semilla de la vida. Uno y otro tienen las garras blancas, detalle este único en las rapaces españolas, y nos acompañan en pueblos y ciudades desde que a alguien se le ocurrió inventarlos, aunque en los últimos tiempos están padeciendo las embestidas de la extinción en casi todas sus poblaciones. Su población ha descendido de tal manera que la Europa comunitaria decidió en 1993 otorgar a esta especie el preocupante título de ave migratoria más amenazada de todas cuantas sobrevuelan la Unión Europea. Por ejemplo en Francia sólo quedan doce parejas, y en nuestro país sus colonias más numerosas las encontramos en Andalucía, Extremadura y Madrid, recuperándose su presencia en Cataluña, comunidad autónoma ésta en la que la labor conservacionista está siendo fundamental para devolver al cernícalo primilla a sus pagos de toda la vida.

Como predador especializado en la carne recia de los insectos y especialmente de los grillos, saltamontes, langostas y alacranes cebolleros, los pesticidas son la causa fundamental de su desaparición. Con el envenenamiento de sus presas y por tanto del mismo cernícalo, pagamos los humanos su alianza positiva con nuestra agricultura. Nuestros primillas se extinguen, envenenados en su tarea de eficaces controladores de insectos nocivos para el campo de uso humano pero, como si eso no bastara, también sus nidos son cada vez menos respetados por las obras de renovación y modernización de tejados y cubiertas.
Su vuelo, su silueta recortada sobre el bosque metálico de antenas de televisión que culminan nuestras cuestas de tejados y chimeneas, son la garantía de que algo marcha bien en el ecosistema de nuestra ciudad. El resto depende de nosotros como ciudadanos y de las administraciones como vigías del interés común.

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